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LA ESENCIA



LA ESENCIA la perdió
O quizás nunca la tuvo
O realmente nunca supo que la tenía
O el paso del tiempo hizo que la olvidase

Érase una vez una mamá que siempre estaba a la última pregunta y pendiente siempre del dinero de los demás, prometiendo devolverlo y nunca haciéndolo.

Abusó tanto y tanto de dicha situación que había olvidado quienes la habían traído al mundo. Tengo dudas de si realmente guardaba para ellos un verdadero cariño.

El día que olvidó la dignidad y honorabilidad de cumplir con su palabra sus actos se volvieron plenamente calculados, prometiendo devolver y nuevamente volviéndolo a incumplir. Negaba la evidencia y todo ello la hizo ser opaca con su propia realidad convirtiéndola en una persona nada fiable.

Sus padres ya ancianos, vivían atrapados por ella, abducidos después de tantos años. Ahora ya no era momento de poner las cosas en su sitio, sus circunstancias y su edad les hacían depender tanto de ella, que cualquier cosa que ella hacía era aceptado con asentimiento y resignación.

Alrededor, otros con verdadero sentido común no alcanzaban a comprender cómo dicha situación se había permitido, no sólo por ella, sino por las personas que a su alrededor también habían aprendido.

Difícil de restituir y recuperar algo que en tantísimos años había sido desvalijado con tanta frialdad.

La esencia la perdió o quizás nunca la tuvo.

AQUELLOS DIAS DE COLE

Algunas situaciones diarias le recordaban aquellos días de colegio. ¡Son como niños!, pensaba.
La responsabilidad, el compromiso se esfumaban con una sutil delicadeza, sin dejar huella de que hubieran estado presentes en alguna situación concreta por unos breves segundos.
Cuando con ese aire falsamente encantador le comunicó la mala noticia comprendió que el estribillo de aquel juego “pío, pío que yo no he sido, pío pío…!  cobraba sentido en aquel patio de colegio.
¡Esta vez vas a ser tú el que se tiene que quedar sin recreo! Te ha tocado, aunque tú no hayas sido no pasa nada, al fin y al cabo no puedo castigar a toda la clase, pero el resto tiene que ver que existe el castigo. Castigar al alumno protestón no interesaba, era mejor poner el castigo al que nunca se quejaba…
Hasta que… ¡llegó el día que explotó!, sin avisar, con esa calma meditada, y protestó razonadamente, con absoluta claridad,  verdaderamente merecía la pena el esfuerzo para sacar la mejor nota. Al menos si habían de suspenderle no quería que lo hiciesen por no haber hecho una exposición magistral.

Quedaba claro que ninguno de los responsables de aquel colegio se atrevía a afrontar el problema  en aquellos difíciles momentos, tan sólo sabían canturrear el único estribillo aprendido: ¡pío, pío… que yo no he sido, pío pío…!